El apego

Descripción breve:
El apego

Hablaremos en este artículo sobre la experiencia emocional del apego y las consecuencias que tiene valorarlo en distintos ámbitos de la experiencia. El apego vendría a ser la tendencia en la mente a aferrarse a algo o a alguien interpretando que eso externo nos aporta algo de lo que carecemos. Se han escrito teorías sobre el tema hablando del apego sano y del insano. Se entenderá el sano como aquel que fomenta la independencia del individuo y el desarrollo de las propias capacidades por vincularse con alguien o algo que promueve el desarrollo del propio potencial y la conexión con la referencia interna en un ambiente de amor, respeto y apoyo a la experimentación y a las vivencias que uno mismo esté eligiendo para su propia mente. Hablaremos del apego insano definiéndolo como aquel que desposee al individuo proyectando en aquello externo cualidades de las que cree carecer y que cree necesitar para sobrevivir, ya sea física, emocional o mentalmente, con la consecuente dependencia y la castración del propio proceso de desarrollo y aprendizaje. Definiremos desapego como el proceso de apropiación de lo proyectado en eso externo que favorece el propio desarrollo de cualidades internas y de conexión con la propia referencia, aprendiendo a dar espacio y a que la dependencia se vaya transformando en una relación de compartir libremente, si es que hay una afinidad que así lo marque como deseable.
 

Hemos mencionado la proyección, y este es un mecanismo fundamental para entender lo que ocurre en el proceso del apego y del desapego. El ser humano se conceptualiza a sí mismo, y de este modo incluye en su definición ciertas cualidades y excluye otras. Además considera unas deseables y otras las juzga como rechazables. El apego surge cuando se proyectan cualidades internas deseables en otro y se considera que se le necesita para sentirse completo, añadiendo a esto la falta de responsabilidad por esta situación y evitando así el desarrollo de dichas cualidades en uno mismo, generándose una dependencia. No hay que subestimar la fuerza de este mecanismo, pues es tan condicionante como cualquier otra adicción, llegando uno a modificar su vida y a sacrificarla en aras de aquel del que se depende, ya que se considera que la necesidad de ese otro es vital para la supervivencia.

 

Por supuesto, no hay dependencia sin codependencia, con lo que aquel del que uno depende está en dicha relación porque obtiene algo que considera igualmente vital y necesario para la supervivencia de su propia identidad. Ambos son adictos y la relación es disfuncional en mayor o menor grado. Es posible que uno de los dos tenga más conciencia y más capacidad para desapegarse y desarrollarse, en cuyo caso este habrá de comenzar el proceso y permitir así al otro que inicie su propio desarrollo. En las ocasiones en que ambos están atados a la relación, esta puede llegar a durar indefinidamente, hasta que el sufrimiento que ocasiona este tipo de contacto sea mayor que su creencia en la necesidad y la carencia. La crisis entonces hará el cambio necesario.

 

Muchas veces confundimos apego con amor o afecto, ya que no entendemos muy bien ninguno de esos conceptos y mucho menos se tiene una referencia del amor real con la que poder comparar, ya que si esto fuera así, o cuando es así y se tiene una experiencia de amor más auténtico, el apego resalta por contraste con sus cualidades de carencia, escasez y limitación. Expresiones como “te necesito” o “que haría yo sin ti” reflejan esta creencia popularmente extendida a través del cine, la música, la religión y las estructuras sociales contemporáneas de que este tipo de relaciones son “amorosas”. Vivimos en una sociedad que condiciona al individuo a establecer este tipo de vínculos y que los ha normalizado, planteando como base de la estructura social la familia, y dentro de esa estructura la relación de pareja, entornos de apego que condicionan el desarrollo, dándose pocas veces el espacio saludable para crecer. Viendo el “amor” romántico podemos entender bien la dinámica de estos vínculos. “Morir de amor”, “vivo sin vivir en mí”, “no puedo vivir sin ti” y demás, son valoradas como expresiones de “amor”, sin ver que son manzanas envenenadas que encierran un letal fondo.

 

En una relación así lo que prima es el bienestar propio frente al conjunto. Incluso a veces uno puede sacrificarse “por el bien del otro”, siempre es por el propio, para conseguir que se quede en el vínculo tóxico. Se redactan acuerdos, explícitos e implícitos que condicionan a ambos y que determinan la existencia del vínculo. Si se incumplen, este puede romperse con derecho a daños y perjuicios, viviéndose muchas veces como una traición.

 

Emocionalmente surgen varias señales de que esto está ocurriendo en una relación. Aparece una sensación de angustia o de ansiedad asociada al otro y a su presencia, como una urgencia o una rigidez. Se necesita tener control sobre la presencia del otro. Este ha de proveer de la dosis necesaria a demanda. La satisfacción puede retrasarse pero a cambio de algún precio que compense dicha espera. Aparecen por tanto el miedo a que el otro en algún momento decida irse, manifestándose en inseguridad, valoración de la propia imagen en función del otro, ansiedad y miedo, y la necesidad de control, rigidizando el contacto, reduciendo la espontaneidad, la comunicación y el intercambio natural. No puede uno expresarse plenamente porque depende de agradar o cumplir las expectativas del otro para que se quede y siga siendo el camello que provea del chute acordado.

 

La posesividad se asocia a esto también, viendo a otros como enemigos que pueden llevarse o privar de la persona que proporciona lo que uno tanto necesita. Los celos son sólo una manifestación de esto. En algunos casos se puede llegar a humillar, desvalorizar, chantajear e intentar manipular al otro a través de cualquier artimaña, siendo la culpabilización una de las más comunes. Para esto se cuenta con que el otro es alguien igualmente dependiente, que no conoce el principio de responsabilidad sobre sí mismo y su experiencia y que accede a dicha manipulación porque refuerza sus propios patrones mentales. No hay víctimas en todo esto.

 

Es algo extraordinario encontrarse con alguien que está fuera de estos juegos manipulativos, que es responsable y que no accede a demandas ni a chantajes. Estas personas no dejan indiferente. Suelen provocar reacciones diversas, que pueden variar desde la idealización y la consideración como maestros iluminados, a demonizarlos y considerarlos psicópatas nada empáticos y egoístas. La realidad es que, al no entrar en estos juegos infantiles y dañinos, además de agotadores, desarman al otro, quien viéndose desnudo y sin la capacidad desarrollada de relacionarse a través de su propia autenticidad, se ve impotente y sin control, lo cual genera mucho miedo y la sensación de amenaza de que un castigo está a la vuelta de la esquina. No se sabe reconocer el amor de esa libertad y autenticidad sin demandas.

 

El apego además genera mucha disfuncionalidad, pues no se prioriza la salud o el buen funcionamiento de las cosas, sino el aporte de aquello de lo que se depende. Pongamos el caso de una relación de apego con una mascota, en la que se ha proyectado toda la carencia afectiva y las vivencias traumáticas asociadas con esa carencia. En este caso se priorizarán las muestras de afecto físico frente a la disciplina y el ejercicio que un animal necesita para sentirse equilibrado. El propio desequilibrio del humano generará disfuncionalidad en el animal, el cual, al no tener una referencia de autoridad sino a un niño emocionalmente inestable que se rige por su carencia, se verá en un rol que no le corresponde. El humano no será capaz de poner límites firmes, de tomar decisiones funcionales o de mantener una mínima estructura, ya que será su carencia emocional la que determine lo que sucede en la relación. El animal reflejará todo esto con su comportamiento disfuncional.

 

En una relación de pareja en la que la autoestima y la seguridad emocional dependen del otro, los celos, la posesividad, el control y el miedo son los que determinarán lo que se puede expresar o no, lo que se acepta o no, lo que se puede compartir y lo que se censura. El nivel de sacrificio exigido es proporcional al nivel de miedo que haya entre ambos. Y por supuesto, el resto de los mortales queda excluido de ese vínculo, no pudiendo sentir amor o afecto por otros, ya que en ese caso uno dejaría de ser especial. Aquí la ocultación y las mentiras, la inseguridad y la manipulación, el sacrificio y la exigencia hacen acto de presencia al unísono, aumentando el grado a medida que la relación se va “consolidando”.

 

Esa consolidación es la reafirmación de todos los patrones patológicos de cada uno. Es como la historia del elefante acostumbrado desde que es una cría a estar atado a una pequeña estaca que le impide soltarse, y que cuando crece ya ni siquiera lo intenta porque en su momento no pudo zafarse, aunque la estaca sigue siendo la misma y sin embargo su tamaño ha aumentado notablemente y podría liberarse con un movimiento de las patas. El sentir el roce de la atadura le recuerda que no pudo hacerlo y lo sigue dando por hecho. Así en la relación de dependencia se piensa que uno no puede vivir sin el otro y lo que le provee. Y esto es así hasta que el sufrimiento, el sacrificio y la frustración se hacen insoportables, o hasta que aparece un mejor proveedor, en cuyo caso se intercambia uno por otro y se vuelve a empezar de cero. La vana ilusión de un nuevo comienzo hace que se disipe la conciencia de que es el mismo contenido con un envoltorio diferente.

 

Cuando el dolor se hace excesivo, aparece en la mente la idea de que tiene que haber otra forma de relacionarse. Esta grieta es el principio de una gran transformación que cambiará por completo la mente de la persona en cuestión y su relación de previa dependencia. Los distintos estados por lo que irá pasando le plantearán retos de comunicación, honestidad, responsabilidad, autoestima e independencia. Y deberá reinterpretar cada etapa aprendiendo a ser más auténtico, autónomo emocionalmente, responsable y comunicativo.

 

Una de las fases más difíciles es el darse cuenta de la adicción a ese estado mental y emocional que supone una relación de carencia y miedo, de dependencia y apego. Esa mentalidad que lo interpreta todo como una amenaza, viendo enemigos en los demás, incapacidades en uno mismo y sintiendo tristeza y victimismo, pérdida y carencia. Aprender que esa forma de pensar es sólo una opción, no la única, y que hay otra alternativa, otra manera feliz de ver la misma situación que se puede elegir en cualquier momento, que esa elección sólo depende de que uno la escoja, pondrá sobre la mesa la adicción a ese estado emocional familiar y tóxico. Aprender a manejar esa adicción es vital para poder establecer la funcionalidad en la relación. Y ese momento de inflexión, de transformación, puede no ser aceptado por la otra parte, lo cual pondrá a prueba la convicción del que quiere otra alternativa.

 

Hay que tener en cuenta que la relación se estableció en ese estado mental de adicción, y que lo representa hasta el más ínfimo detalle. Por lo tanto lo simboliza para la persona que quiere cambiar de mentalidad. Cómo se relacione con el otro será cómo se relacione con aquel sistema de pensamiento. Si es firme y contundente o si hace concesiones y es complaciente, así será con el otro y consigo mismo, con su adicción. No se puede esperar entonces que la relación sea feliz si uno mismo no apuesta por esa felicidad de manera consistente. Y si es así, si la consistencia está, entonces la relación se adaptará a ella o se disolverá para dar lugar a otra que refleje el nuevo estado mental.

 

Hay que afrontar esa situación de espacio de transición. Cuando uno está aprendiendo otra forma de pensar y el entorno aún no se ajusta a ello, por resistencias propias o porque el proceso sea necesario para el aprendizaje, pueden aparecer nuevas experiencias emocionales que plantean retos y logros. Uno puede darse cuenta de que le es más fácil respetarse y no sacrificarse, y en otros momentos anhelar un contacto afectivo que aún no ocurre. En esos momentos conviene mantener la alerta, pues el antiguo sistema de pensamiento aún no se ha desactivado completamente y se puede caer en errores innecesarios que alargan el malestar, como intentar llenar la sensación de vacío rápidamente con otra persona, exigirle al otro que cambie para evitar esa sensación de desajuste, estar resentido con el otro por no querer cambiar al mismo ritmo y no cumplir alguna expectativa que pudiera quedar latente, etc. La práctica de la alerta es una parte del proceso de desapego.

 

La tentación en esos momentos de querer prescindir del otro puede ser fuerte en ocasiones, al experimentarse como un reflejo de algo caduco. Es importante mantener una visión amplia al respecto. Comprender el papel que juega el otro en el propio entrenamiento mental. Su presencia es como un sparring que nos permite observar nuestra propia consistencia, las brechas a través de las que aun aparecen el apego y la carencia, la culpabilidad que intenta mantenernos en el estado previo y no aprender ni cambiar, y todas nuestras formas particulares de resistencia. El otro es nuestro maestro y nuestro entrenador personal, y dejará de estar o se unirá al nuevo paradigma mental cuando el entrenamiento haya concluido. Es una presencia necesaria en el proceso y es un acto de amor que se preste a reflejar nuestros puntos a trabajar. No es nuestro verdugo sino aquel que viene a mostrarnos cómo salvarnos y a instarnos a ponerlo en práctica.

 

La confianza en que el proceso lleva su curso y que pronto el nuevo sistema de pensamiento se manifestará en la experiencia puede reconocerse a través de estados emocionales de liberación, ligereza, fortaleza interna, serenidad en momentos en los que antes había drama, momentos de alegría por el cambio de percepción, un reconocimiento de nuevas capacidades, de logros y de una visión más amplia de las cosas, con la comprensión y el sentido que eso conlleva.

 

Mantenerse firme en esa determinación de pensar de otro modo y desapegarse será lo que haga que un nuevo mundo de relaciones comience a tomar forma en la experiencia. Ser ese faro de atracción que llama a lo afín es lo que pone todo en movimiento. No hay que buscar. Simplemente al ser de ese modo, lo acorde es atraído a la experiencia. La serenidad para saber comprender el proceso es algo que ocurre con la información, con el haberlo vivido en otros procesos de cambio previos o a través de compartirlo con otros que lo han transitado.

 

Hay una diferencia entre soltar el apego o estar en el proceso de querer hacerlo. Esa diferencia se reconoce emocionalmente y por los hechos. Como acabamos de mencionar, la serenidad, la alegría y la felicidad son señales de que se ha soltado. La manifestación en hechos de nuevas situaciones es reflejo de lo mismo. Una vez que esto empieza a ocurrir podrá haber recaídas temporales, pero nunca serán de la misma magnitud. Es como una rueda unida a un motor que se ha detenido. La rueda puede seguir girando un tiempo hasta detenerse completamente, pero la fuerza que la hacía girar ya no está presente y acabará deteniéndose tarde o temprano.

 

Así pues, si aún no eres feliz en una situación es que el trabajo no ha concluido. Pero mantén la esperanza de que este tendrá sus frutos y que estos te llevarán a relaciones donde habrá libertad, aceptación, y una comunicación natural y amorosa entre seres que no se necesitan pero que se aprecian por compartir la misma libertad y la misma felicidad que crece al extenderse. Será una experiencia que superará tu umbral de felicidad, pues este está limitado por la falta de desarrollo. Deja que el aprendizaje del desapego tenga lugar y descubre que, donde esperabas un vacío o desesperación, aparecerá una recompensa de felicidad y serenidad. Donde esperabas la privación de aquello que creías que el otro te proveía, descubrirás una fuente interna inagotable. Deja que tu plenitud te sea revelada y no te conformes con la escasez de las migajas que el apego te ofrece. Permite que, en el vacío que aparece al dejar de proyectar en otro tu abundancia, se te muestre que es tuya por razón de lo que eres. Recuerda que no puedes perder aquello que valoras. Tal vez cambie de forma, pero siempre a una más afín y plena.

 

María Vázquez.

info@terapeutatranspersonalingles.com

Facebook: maria.vazquezherranz