El miedo al otro

Descripción breve:

El miedo al otro.

Es este un tema que vivimos contradictoriamente. Por un lado buscamos la aceptación de los demás y su afecto, y por otro tenemos miedo a mostrarnos tal y como nos sentimos, a expresarnos y compartirnos con ellos. Parece que amamos aquellos que tememos, y eso es una gran ambivalencia que genera mucha tensión y conflicto interno.

Pero ¿cómo funciona nuestra mente a este respecto? ¿Qué es eso que amamos y eso que tememos? ¿Percibimos al otro realmente o sólo vemos lo que queremos ver? Para trascender el conflicto con el que vivimos las relaciones hemos de hacernos las preguntas adecuadas y aprender a pensar con lógica, poniendo en duda las premisas que hemos dado tanto tiempo por sentadas. Y si aparecen resistencias a estos cuestionamientos preguntémonos lo siguiente: ¿las relaciones nos satisfacen plenamente y las vivimos sin miedo? Si hay algún atisbo de infelicidad o insatisfacción en ellas, entonces podemos plantearnos que nuestro sistema de pensamiento tiene algún punto en el que hace aguas. Si lo que hemos aprendido hasta ahora nos lleva a esa insatisfacción, entonces podemos aprender mejor, podemos plantearnos que lo aprendido es cuestionable o al menos está limitado.

 

¿Qué son las relaciones? Son el medio a través del cual nos experimentamos y nos vamos conociendo y liberando de los conflictos internos. Son la puerta a la liberación y a la plenitud. Son la forma en la que el amor se comparte y, por lo tanto, son para hacer feliz. Por todo esto, es normal sentirnos atraídos ante la idea de relacionarnos. Los que decidimos aislarnos y no hacerlo es en el fondo porque tenemos algún conflicto interno que está pendiente de resolver y del que nos refugiamos en la soledad. De ahí que los seres que han alcanzado un mayor nivel de conciencia sientan el deseo de compartirlo, para que otras mentes se liberen de su esclavitud. Es innato a lo que somos compartir y extender lo bueno. Esto es lo que nos atrae. Y si tomásemos conciencia del amor que somos no podríamos resistir la atracción que sentiríamos por unirnos a los demás. Este es el motor de la salvación en este mundo y lo que nos llevará a todos en el tiempo a dejar a un lado el conflicto. Por esto Un Curso de Milagros plantea las relaciones y a los demás como el medio para deshacer los obstáculos al amor y así poder experimentarlo, y también afirma que no se puede alcanzar ese objetivo separado de los demás, aislado. Esta es la percepción correcta de los demás, el verlos como aquellos iguales que nos traen el reflejo del amor que somos para así compartirlo.

Sin embargo, no experimentamos las relaciones así. Por encima de esta manera de ver corremos varios velos de miedo y de confusión que nos llevan a percibirnos de otra manera. Y con cada velo con el que cubrimos ese amor, sentimos más y más miedo. Al mismo tiempo se va distorsionando nuestra manera de ver al otro y, por lo tanto, nos vamos relacionando de una manera más disfuncional y temerosa que experimentamos como conflicto o sufrimiento.

No confundamos la visión correcta del otro con el falso amor con el que pretendemos a veces cubrir las capas de miedo para no ser conscientes de ellas. Esa “amorosopatía”, término expresado en artículos anteriores, encubre con un falso amor un odio y un miedo terribles. Se intenta tapar con una cara de inocencia al asesino que surge en nosotros cuando vivimos en el miedo y en el ataque. Este aspecto interno vengativo, asustadizo, oscuro y cruel es la consecuencia de la confusión y de no ver con claridad. Es simplemente un cúmulo de errores que hacen que la persona intente deshacerse de todas esas sensaciones terribles proyectándolas en otros. No es nada más que eso, un error. Pero tampoco es menos, ya que cualquier error, por minúsculo que sea, impide que veamos el amor y que, por lo tanto, lo experimentemos. Así que no hay grados de error, ya que cualquiera de ellos nos aleja de ser felices. Sin embargo, dentro de las capas de distorsión, uno puede ir aprendiendo a corregir errores de manera que cada vez la percepción sea más fiel a la verdad, nos de claridad y entendimiento de la situación y podamos acercarnos más al otro, más a la realidad de lo que somos juntos.

 

Hablemos un poco de qué es eso que tememos de las relaciones, del otro. Si miramos con honestidad veremos que es lo que tememos de nosotros mismos proyectado fuera para intentar deshacernos de ello poniéndolo aparentemente lejos, en otra persona, cosa o situación. El que se miente a sí mismo vive engaños, mentiras y desconfianza. El que alberga la idea del ataque se siente amenazado e inseguro. El que vive en la escasez piensa que el mundo o la vida le van a arrebatar lo poco que tiene. Inevitablemente experimentamos y vemos las consecuencias de  nuestras propias ideas. Podemos cubrirlas de muchas formas, pero el fondo es el mismo: “esta idea que tengo acerca de la realidad es cierta, y mira cómo el mundo la justifica dándome la razón”. En este razonamiento pasamos por alto que vemos el mundo que vemos por ese filtro mental con el que miramos. Confundimos el efecto con la causa para no ir a ella y corregir el error en el único nivel en el que puede ser corregido: en la mente del que percibe. Todas nuestras interpretaciones sirven para darnos la razón. Pero esa razón afirma que el mundo es temible y que somos vulnerables. Esa razón nos da miedo. ¿Y si no la tuviéramos y sólo fuese un error de percepción? ¿Preferiríamos aún tener razón o estaríamos dispuestos a ser felices? No son preguntas que responder a la ligera pues, aunque la respuesta parece obvia, solemos desear lo malo conocido antes que lo bueno por conocer, antes que cambiar y ver confrontadas las bases en las que nos hemos sostenido hasta ahora.

En terapia los pacientes quieren dejar de sufrir, pero no cambiar. Queremos ser felices con nuestras ideas sin experimentar sus consecuencias. Gracias a Dios, literalmente, las leyes de la mente funcionan en todo momento y la ley causa-efecto es inevitable. Afortunados somos por esto, ya que nos permite darnos cuenta de los errores, identificarlos y permitir la corrección. Sin esa identificación por las consecuencias, no podríamos identificar las causas y devolver a la mente su salud a través de permitir la corrección.

 

Hemos visto la atracción que nos lleva a desear experimentar el amor y hemos hablado algo de los velos que interponemos y el miedo que eso conlleva. Apliquemos esto a las relaciones. Todo el tiempo estamos intentando definir lo que somos, saber quiénes somos. Y esa es la batalla que se libra en cada instante, y también en el encuentro con el otro. Esas ideas sobre nosotros las queremos reafirmar a través del otro, viéndole de modo que nos dé la razón. Así dejamos de ver lo que el otro nos trae y sólo vemos lo que queremos ver. Esto se compone de fantasías y del pasado. Interpretamos sus actos de forma que se justifiquen nuestras ideas. Alguien se va y nos abandona, otro se lleva algo y pensamos que nos arrebata algo que valorábamos. Uno se defiende de sus propias ideas y reacciona ante ellas y pensamos que nos manipula y nos ataca. No nos paramos a ver lo que hay en nosotros que genera esa reacción en el otro y hace que le demos esa interpretación a la interacción.

Estamos inmersos en un campo de causalidad. No estamos aislados. Y los pensamientos modifican la realidad. La física cuántica empieza a explicar esto, pero ¿qué significa en nuestras experiencias? Para empezar, significa que los pensamientos importan y tiene efectos, igual o más que los actos que los manifiestan. No son neutros ni se quedan escondidos en la mente del que los piensa. Tienen efectos en él y en lo que le rodea, alterando la materia de la que se compone lo que percibe. Así que si pensamos que somos rechazables, aunque sea un pensamiento secreto que no queremos ver ni siquiera nosotros, se manifestará y alguien vendrá con desprecios o faltas de consideración. Otro que tenga una idea afín a la mía. Alguien que, en resonancia y viviendo esa experiencia, también pueda ver las consecuencias de sus pensamientos, como la culpa o la soledad que vienen de rechazar a los demás. Así que vamos emitiendo esas frecuencias de pensamiento y estas resuenan en otros que las materializan a su vez por afinidad. Las interacciones son de ida y vuelta, es decir, que no es el otro el que me hace algo, sino que eso que sucede nos ocurre a ambos.

Como vivimos inconscientes de este funcionamiento y de nuestros propios pensamientos por elección propia, como una defensa frente a la verdad, vamos por el mundo como monos con pistolas. Sin embargo, sí vivimos las consecuencias, los disparos, aunque no seamos conscientes de dónde provienen ni qué los causa. Y por eso tenemos miedo a relacionarnos. Los demás manifiestan las balas que disparan nuestros propios pensamientos. Vivimos intentado agradar a los demás porque pensamos que son los que disparan debido a la proyección. Queremos agradarles, manipularles, engañarles, controlarles. Todo por evitar el disparo. No nos damos cuenta de que actúan exactamente como nuestro inconsciente les pide. Ya hacen lo que en el fondo queremos porque cuánticamente les estamos atrayendo para que actúen exactamente como lo hacen y sientan lo que sienten. Los intentos ahí fuera por cambiar eso no tendrán éxito.

Ante este campo cuántico, en el que nos llegan los deseos del otro como estímulos, tenemos siempre dos alternativas, ya que el otro no está sólo ahí sino que somos dos mentes en interacción. La respuesta que yo le dé como consecuencia de mis pensamientos también tendrá un efecto en él. Ojo aquí con esa amorosopatía que mencionábamos antes. Si creemos que cubriendo nuestras ideas de ataque o nuestras sensaciones de peligro con capas de “luz y amor” vamos a generar un cambio, estamos equivocados. Ese campo no es manipulable, no podemos engañarle, y reflejará siempre el fondo de nuestra mente. Así que sólo los pensamientos que tienen una resonancia interna tendrán efecto.

La alerta interna a la reacción que me produce la interacción con el otro es lo que me dará la pista de lo que pienso, y si me genera sufrimiento, es en esa interacción donde puedo permitirme un espacio sin reaccionar automáticamente a mis primeras interpretaciones. Y en ese espacio puedo darme la oportunidad de ver las cosas de otra manera, de ver al otro de otra manera, de que otros pensamientos que responden algo más despacio que el automatismo defensivo puedan cobrar importancia y puedan manifestarse. Esto sólo puede suceder a través de unos factores esenciales: honestidad en la autobservación, disciplina mental que se manifiesta en alerta ante los pensamientos que albergo, voluntad de soltar el conflicto, que va de la mano de la claridad en el propósito de ser felices, y apertura mental para poder percibir las cosas de una manera nueva a como las hemos visto hasta ahora.

No es algo nimio lo que se hace en este caso. Es la inversión del sistema de pensamiento del miedo que ha sido reforzado incesantemente durante mucho tiempo. Es algo así como intentar revertir el curso de un cohete que va a toda potencia con el piloto automático. Requiere práctica, tesón, paciencia y comprensión de lo que va ocurriendo. Y está al alcance de todos hacerlo porque ese es nuestro deseo profundo, experimentar el amor. Y todos los pensamientos de incapacidad, de desidia o de desánimo frente a este reto acabaran por ceder. Es algo tan inevitable como el sol. En realidad se trata de un proceso de consolidación de nuestro deseo, que al no ser firme y constante nos lleva a experimentar fluctuaciones en esa dirección. 

El miedo al otro es, por lo tanto, el miedo a nuestros propios pensamientos de ataque inconscientes que aun valoramos y no estamos dispuestos a deshacer. Es tan grande como nuestra resistencia a aprender acerca de nosotros mismos y a dejarnos alcanzar por ese reflejo de lo que somos que el otro representa. No queremos escuchar el regalo que el otro nos trae, manifestando con exactitud lo que deseamos en el fondo y dándonos la oportunidad de cambiar la dirección de nuestro sistema de pensamiento del miedo, el ataque y la defensa a la comprensión, el entendimiento, la corrección y la funcionalidad, al amor en sus múltiples formas, en definitiva. El otro es ese Amigo que nos trae esa posibilidad de ver el error, darnos espacio para tomar conciencia y experimentar la corrección a través de él, con él. Es el que nos dice que el pasado con todas sus imágenes de terror puede ser desvanecido ahora mismo al unirnos y darnos cuenta de que ambos estamos juntos en ese campo cuántico expresando un error y pudiendo dejar que sea corregido a través de nuestra interacción. El otro es el vehículo a través del cual se puede expresar y compartir el amor, es decir, la corrección de todos los errores de pensamiento, la sanación mental, la experiencia de unión que tanto anhelamos sentir. Así pues, el otro puede ser el cielo o el infierno, y esto sólo depende de cómo deseemos verle y de los pensamientos que atesoremos. Por esto las mentes que valoran la confusión y el miedo, que siguen protegiendo ese sistema de pensamiento, temen al otro. Y por esto las mentes que están receptivas al amor, a otro nivel de conciencia donde el miedo se observa para ver su irrealidad, disfrutan de las relaciones y las viven como el cielo en la tierra. Podemos fluctuar temporalmente entre ambos mundos, debido a nuestra resistencia al amor, pero finalmente habremos de decidirnos por uno de los dos, y sólo uno es real. Aquel en el todo es uno y lo mismo, ese que nos llama incansablemente a despertar y que estará ahí siempre porque es eterno e inmutable, y que nos dirige juntos, tiernamente, con paciencia y constancia hacia nuestra felicidad.