La atracción de la culpabilidad

Descripción breve:

La atracción de la culpabilidad

Por lo común, las personas no solemos reconocer la culpa como un sentimiento que maneje nuestras vidas. Podemos hablar del miedo, de la ira o de la tristeza, pero la culpa se mantiene lejos de nuestra conciencia y, en apariencia, lejos de nuestras relaciones y de nuestra idea acerca de nosotros mismos. Algunos, ante la idea de sentir culpa, responden sin dudar no sentirla o no haber hecho nada malo a nadie. No solemos vivir con ella en nuestra conciencia. Nos cuesta reconocerla, y sin embargo, sus síntomas son claramente identificables a poco que uno preste algo de atención. La idea de este artículo es plantear cómo puede reconocerse ese sentimiento por sus síntomas, cómo es nuestra relación con la culpa y si hay alguna alternativa.

Vamos a partir de la premisa de que todo lo que nos sucede es un reflejo de lo que pensamos sobre nosotros mismos. Nuestra mente manifiesta las creencias más profundas que albergamos a través de nuestras relaciones y de las situaciones que vivimos cada día. Este espejo, la respuesta que damos a cada situación y cómo la interpretamos, es un fiel reflejo de la idea que tenemos acerca de nosotros mismos. Y esta idea puede ser fiel a la verdad acerca de nosotros, lo que hará que nos sintamos felices, o no serlo y manifestarse esta diferencia con sufrimiento o insatisfacción.

La culpa podría verse como un mecanismo mental que funciona para evitar que nos salgamos de ciertos comportamientos aprendidos, para que nos mantengamos haciendo aquello que nuestros educadores, padres, figuras de referencia, estatus social, cultura o religión, esperan de nosotros, y no lo que se salga de los márgenes marcados por estas estructuras.

 

Por ejemplo, si en la familia se nos ha enseñado que no debemos expresar la ira porque “es malo”, porque papá o mamá se enfadan o se sienten mal por ello, habremos aprendido a reprimir la expresión de dicha emoción y viviremos el sacar nuestro enfado como algo negativo, algo que nos hace ser culpables y que no deberíamos hacer. En este caso, cada vez que la ira asome su cara, sentiremos una necesidad de ocultarla, camuflarla detrás de máscaras de complacencia e hipocresía, y de modificar nuestro comportamiento instintivo, o de lo contrario nos sentiremos culpables por expresar algo tan “aborrecible”, “indigno” o “malo”. Según la premisa de partida, estas capas de condicionamientos se vivirían con sufrimiento o insatisfacción, por ocultar una capa algo más auténtica que sería manifestar lo que sentimos.

Así estamos condicionados a lo que nuestro entorno vital nos ha marcado durante la infancia, principalmente, y a otras experiencias posteriores significativas en nuestra educación, relaciones sexuales, relaciones con la autoridad, o cualquier otro campo de importancia para la persona.

 

Se podría decir que la culpabilidad es lo que nos mantiene “en el redil”, lo que nos guarda de dejar de pertenecer al clan familiar, al grupo de amigos, a esa relación especial de pareja. Y no solemos plantearnos si esas condiciones a las que están sometidas nuestras relaciones o acciones nos son afines en realidad, a nuestra naturaleza más interna y auténtica o no, ya que plantearse eso muchas veces implica un alejamiento de ciertas personas, enfrentarse a situaciones de cambio, salir del área de confort y romper el statu quo que nos mantenía dentro de los márgenes seguros de nuestra vida tal como la conocemos.

Estos planteamientos no suelen ser obvios y, como decíamos, esta situación suele pasar inadvertida. A pesar de esta inconsciencia, queda un regusto amargo que nos dice que no todo está bien. Una cierta insatisfacción y un sentimiento de claustrofobia o vacío, de sinsentido, que nos acompaña más o menos intensamente. Y es cuando uno se plantea que debe haber otra forma de vivir que la culpa empieza a ser un factor a estudiar, aunque suelen reconocerse primero consecuencias de ella como el sacrificio, la insatisfacción o el autocastigo.

Recordemos la premisa y pensémoslo. ¿Quién en su sano juicio se sacrificaría a no ser que pensase que ha hecho algo malo o que hay algún tipo de castigador en alguna parte repartiendo sentencias de las que es mejor librarse pagando un precio? ¿O quién que no se creyese merecedor de castigo o desprecio se haría daño a sí mismo con comportamientos autodestructivos?

 

Tal vez al leer esto pienses que no tiene nada que ver contigo. Sin embargo los grados más sutiles de estos síntomas son verdaderamente frecuentes y están normalizados hasta tal punto que pasan inadvertidos, dejando a la culpa impune en la valoración de lo que es digno o indigno de ser aceptado como propio. Por ejemplo, párate a analizar tus relaciones personales y observa a cuántos reproches reacciones en tu día a día. No eres lo suficientemente bueno en el trabajo, o no dedicas el suficiente tiempo a tu pareja o a tu madre. Deberías ser diferente de lo que eres y comportarte como otros esperan de ti porque, tal cual eres, no vas a recibir amor, al no ser digno de él. No satisfaces las demandas de los demás y eres “malo”. Sin embargo, ¿qué hay de tu propia referencia interna? ¿Y de tus anhelos vitales, de esas capas más profundas de ti, más auténticas? ¿Qué pasaría si empezases por establecer unos mínimos de calidad en cuanto a tus relaciones? A no aceptar a personas que te responsabilicen de sus estados emocionales o de su insatisfacción vital por no respetarse a sí mismas o decidir por sí mismas lo que desean, sin permitirse ir a por ello. O a poner límites a ciertas demandas, como la de que te hagas cargo de las interpretaciones que otros hacen de tu vida o de tu comportamiento. A no vincularte con personas que te rechazan o que manifiestan desprecio con sus actos o palabras. Son unos mínimos razonables, y sin embargo, llevarlo a la práctica con los padres, la pareja, los hijos o los amigos es algo que suele costar.

¿Por qué cuesta? Porque la culpa es un sentimiento fuerte que nos resulta desagradable y, cuando aparece, solemos evitarlo dejando de hacer lo que nos lo provoca. Incluso cuando es por tener un comportamiento nuevo y razonable que nos va a producir un mayor bienestar y satisfacción. Y al no saber aguantar el tirón y sostenerla, al no tener el espacio emocional o la fortaleza y desarrollo psíquicos necesarios, por falta de práctica, volvemos a lo de siempre. Nos falta la determinación para salir más allá de lo conocido.

 

Además, no debemos subestimar la adicción que nos genera ese sentimiento de malestar al que estamos tan habituados. Tener cierto grado de desorden en casa, por ejemplo. ¿Para qué se hace? ¿Sobre todo pudiendo ser más funcional y tener menos cosas más ordenadas? Para no ser del todo funcional y sentir esa familiar sensación de que no me merezco estar del todo bien, del todo cómodo. Para recrear un no merecimiento que se manifieste de esas formas sutiles. Este es un ejemplo cotidiano, pero sólo hay mirar una relación de pareja donde cada uno vive su vida y no se comparten espacios o conversaciones, donde hay condiciones para ser querido, donde hay resentimientos y sacrificios porque no puedo ser del todo yo mismo o el otro se iría. Este es otro ejemplo muy común y por el que mucha gente acude a terapia.

Si lo que ocurre en tu experiencia manifiesta lo que crees acerca de ti mismo, ¿quién que se sintiese inocente o digno de amor tendría ese tipo de relaciones? ¿O quien descuidaría su espacio? No ocurriría. Entonces empecemos a aceptar que la culpabilidad se manifiesta en muchas situaciones de nuestra vida. Y lo que es más, nos resulta hasta familiar y aceptable. Es una “adicción” como cualquier otra, que nos resulta dañina pero que no dejamos de lado.

Es posible que al empezar a contactar con la culpa o con sus manifestaciones como el autocastigo, el no merecimiento o la insatisfacción, uno quiera cambiar de comportamiento. “¿Y ahora qué hago para cambiar eso?” es una pregunta que se escucha frecuentemente. Pues bien, uno no puede cambiar esto sin antes comprender del todo lo que ocurre. Es mucho más útil pararse a ver cómo funciona la culpa, cuándo se activa y qué hacemos para alimentarla y mantenerla o para ocultarla de nuestra conciencia, que intentar forzar un comportamiento para evitar las consecuencias. Hay que ir a la causa, y no puede puentearse el proceso. No se puede evitar pasar por observar que aún se valora la culpabilidad, ya que se sigue manifestando, y plantearse qué se obtiene de ella. Por ejemplo la aceptación de los demás, la seguridad económica al tener un puesto “fijo” en el que se sufre o se está insatisfecho pero en el que se cobra todos los meses lo mismo, evitar la soledad aunque sea con una relación mediocre, etc.

 

Es la paradoja del cambio. Sólo se puede producir un verdadero cambio cuando se acepta la situación actual tal y como es, en toda su magnitud. La alternativa viene de aprender sobre cómo funciona y el valor que tiene la culpa en nuestro sistema de pensamiento y en dejar de alimentarla en hechos concretos que se hayan determinado con el objetivo de ganar en observación o en conocimiento del proceso, pero siendo honestos en cuanto al valor que aún conserva en nuestra mente. Hay casos de personas que dejan trabajos donde hacen sacrificios, como estar muchas horas sin cobrar por ello, antes de haber observado su sistema de pensamiento y de estar verdaderamente dispuestos a dejar de valorar lo que obtenían a cambio del sacrificio. Y en estos casos lo que se produce es que, al seguir valorándolo, el sacrificio se manifestaba de otras maneras, como por ejemplo teniendo más conflictos en la pareja al pasar más tiempo juntos, o en forma de escasez económica.

La clave es la observación honesta y cruda de las propias creencias a través de los hechos que se  manifiestan en la vida de cada uno. Y, desde ahí, plantearse la necesidad de unas nuevas referencias, de unas nuevas interpretaciones acerca de la realidad y de lo que cada uno es. Si lo que uno ha aprendido hasta ahora le ha llevado a ese estado de culpabilidad e insatisfacción, tal vez lo sensato sería cuestionarlo. Tal vez no tenga razón con sus creencias e interpretaciones de la realidad. Tal vez sea necesario un sistema de referencia nuevo. Un Curso de Milagros plantea cómo funcionan estos sistemas de referencia y, al ponerlos juntos, se hace visible la diferencia. Pero es sólo en la práctica y observación en la vida cotidiana a través de lo que se afianza el proceso de liberación de la culpabilidad. Tal vez, al principio del proceso, baste con permitirse expresar las emociones auténticas y ser más honestos y coherentes. Es sólo el principio, pero sin este paso no es posible ir más allá.

 

María Vázquez Herranz.

Asociación para el Desarrollo de la Paz Interior.

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