Lo que la soledad esconde

Descripción breve:
Noviembre 2015

La soledad es como una manta que te deja los pies fríos. Por un lado parece que te esconde del mundo, que te mantiene separado de los fantasmas, de las relaciones, de aquello que te da miedo. Pero no lo logra porque siempre queda una parte de ti que capta esa sensación de frío que da todo aquello de lo que pretendes apartarte. Crees que esa manta te esconde y te protege y en realidad todos los monstruos que pretendes alejar se mantienen presentes en tu mente esperando el momento en que decidas abrir los ojos para continuar manifestándose.
 
Esa manta no hace nada más que darte tiempo. Tiempo para crecer, para madurar y verte a ti mismo capaz de salir de ese escondite y afrontar las oscuridades que creías que te acechaban. No puede protegerte de nada porque sigues a la vista, perfectamente localizable. Quizá logre mantener tus ojos incapaces de ver a través de ese velo, pero no por ello no eres visto y tampoco va a hacer que nada cambie.
 
A veces ese tiempo de oscuridad sucede y sirve para que, al ver la incomodidad de vivir con miedo y encerrado en eso que pretendes utilizar como protección, por saturación, surja el impulso de abrir los ojos y afrontar lo temido. Ese tiempo puede ser tan largo como cada uno elija. Es cuestión de motivación, de valor, de reconocimiento.
 
Seguramente no se te pase el miedo por decidir dejar a un lado esas defensas de ocultación, de disociación, de falsa separación que tu mente intenta interponer entre ella misma y sus propios pensamientos de terror. Es probable que esas ideas estén vigentes y que, durante un tiempo, parezcan hacerse más grandes en tu mente y dar más miedo. No es que hayan crecido. Simplemente las estás mirando de frente. He ahí tu fantasma. Esa fantasía de terror que te ha estado acechando detrás de la manta y que intuías y sentías cerca, notando su aliento y su frío tacto. Para cada uno ese fantasma toma distintas formas, pero es siempre el mismo. El miedo.
 
Nada puede deshacer el miedo por ti. No va a llegar nadie que destruya ese fantasma. Por mucho que otros te digan que no es real, que no existe, que estás a salvo, eso no será creíble para ti hasta que lo experimentes. Tampoco sirve tratar de esconderlo detrás de pensamientos positivos o “amorosos” que son sólo capas de barniz porque no son experiencias vividas e integradas. Hasta que no lo enfrentes no verás que se deshace cuando das el paso. Has estado mucho tiempo bajando la mirada cuando él te observaba, huyendo, escondiéndote y sintiendo que empequeñeces y queriendo desaparecer. Pero basta que lo mires de frente para que sea él quien baja la mirada ante tu determinación de atravesar esas sensaciones de impotencia, de miedo, de pequeñez. No puede evitarlo porque ha de obedecer a aquel que lo fabricó. Tú.
 
No sabes cómo va a ser ese atravesar. No es un camino andado ni conocido. Hay algunos que lo han caminado antes y sus testimonios te dicen que existe y que puede ser recorrido. Y tendrás que entrenar tu mente a que lidie con cosas como la inseguridad, la duda, la idea de incapacidad y otros mecanismos que pueden surgir para mantenerte “a salvo”  bajo la manta. Así funciona el mecanismo de “seguridad”, de supervivencia. Que nada cambie. Quédate donde estás que, si has sobrevivido hasta ahora, muy malo no tiene que ser estar así, y ese fantasma tiene unos ojos y unas garras fríos y aterradores.
 
Sin embargo, cuando llega el momento, te sientes enclaustrado y ves que esa seguridad es en realidad una cárcel. Mirarás los barrotes y la celda en que te encuentras. Tocarás sus muros, sentirás su frío y tendrás cada vez más deseos de salir al aire libre. Cuanto más van haciéndose tus ojos a la poca luz de ese ambiente carcelario puedes ver que hay una ventana, una puerta, y que esa puerta tiene un picaporte. Atreverse a abrirla es ya cosa que no muchos hacen.
 
Sucede en las relaciones que puedes ir más allá de tus parámetros previos. En cada relación está esa puerta de salida. En todo momento existe esa posibilidad a tu alcance. Pero hay algunos pasos previos que has de dar por ti mismo antes de que eso sea factible para ti.
 
El primer paso es reconocer que esa soledad es esa manta con la que tú mismo crees mantener al mundo lejos. En realidad es uno mismo el que se separa. Algunas personas dicen querer encontrar una relación de pareja satisfactoria, y que hasta entonces, mejor están solos. Otros dicen intentarlo y no conseguirlo. Y algunos creen que esa soledad les es impuesta por una voluntad externa, la vida o el mundo. No reconocen en sí mismos el deseo oculto de tenerla. Puede ser difícil reconocer que eres tú mismo el que elige esa soledad, esa privación de contacto con el otro. Pensar que es cosa de algo externo parece eximirte de esa responsabilidad, pero en realidad no te libera, pues si no está en tus manos cambiar algo, entonces dependes de ello y dejas de ser libre.
 
Darte cuenta de que eliges esa soledad y de los aparentes beneficios que te reporta es el primer paso. Ver el valor que tiene para ti. Tanto valor como para aún desearla y mantenerla vigente, consciente o inconscientemente. Después de este reconocimiento y poco a poco, aparecerá el precio que pagas por eso que valoras. La privación que experimentas por sentir “seguridad”. Es curioso darte cuenta de que eso de lo que crees protegerte aislándote está dentro de la cárcel contigo. El que tiene miedo al rechazo, rechaza a otros para no experimentarlo y acaba sintiendo la pérdida de lo que el afecto y el contacto le propiciaría porque se priva de ello él mismo antes de que el otro se marche. Y así mantiene el rechazo en su mente, a su lado, bien cerca y “vigilado”. Ahora cree ser el que lo controla y el que decide qué tipo de rechazo vivir. Más no se da cuenta de que está manejando todo el tiempo esa idea y que no puede pensar sin ella. No concibe un  mundo en el que el rechazo no existe porque no se cuestiona la realidad del mismo.
 
Hay algunos medios en los que se leen artículos haciendo apología de la soledad. Lo bien que viene para conocerse a uno mismo. Lo importante que es saber estar solo para, más adelante, no sabemos cuándo, poder tener una relación sana. Todo esto puede venir bien dependiendo del caso, pero no porque la soledad tenga valor en sí, sino como un paso intermedio para los que no sabemos relacionarnos de forma sana. ¿Qué problema habría para conocerse a uno mismo, con o sin el otro, si ese fuera nuestro deseo? ¿No sería incluso más eficaz estar con otro que viera aquello de lo que nosotros no somos conscientes? Y si no fuésemos dependientes emocionales y estuviésemos pendientes de obtener algo del otro, ¿cómo podría el otro perturbar nuestra salud relacional? El otro nos perturba y la soledad nos reconstruye cuando no sabemos relacionarnos, cuando no nos respetamos a nosotros mismos y nuestro espacio, cuando nos perdemos en el otro y hacemos concesiones a cosas con las que nos dañamos porque pensamos que si nos sacrificamos el otro llenará nuestro  vacío.
 
Es cierto que la inconsciencia hace que queramos relacionarnos con personas con las que tenemos una afinidad patológica pensando que ese dolor que cada uno lleva y las defensas correspondientes no está ahí. Pero no es la relación el problema sino la inconsciencia y el querer que esa relación sea lo que no es. Cuando sueltas expectativas y dejas que cada cosa, cada relación, se coloque en su sitio, sin forzar, entonces la relación es lo que es y está bien.
 
En realidad sólo te relacionas contigo mismo. La relación que tienes con el mundo es la que tienes contigo mismo. Si te quedas debajo de la manta, protegiéndote del mundo, en realidad te tienes miedo a ti mismo y a lo que el mundo va a reflejar de ti. Temes las manifestaciones de lo que habita tu mente. Y pretendes que disociarte de ello, separarte y hacer como que no es tuyo, ponerlo en otro del que te puedes alejar, hará que eso desaparezca. Pero va contigo porque tu mente no puede romperse y deshacerse de sí misma. El otro, ese que no está en tu vida cuando te vives solo, te trae la manifestación directa de lo que hay en tu mente. Y ante eso que te muestra el espejo está tu respuesta. Tienes la opción de responder escondiéndote en el miedo, manifestando ira, rechazo, ataque o cualquier otra de sus formas. Y también tienes la opción de atreverte a dar una respuesta diferente, que puede ser desconocida al principio, pero que se reconoce por el estado emocional que evoca en ti de paz.
 
Esta otra respuesta puede surgir en tu mente como una alternativa a lo de siempre. Una actitud diferente, hacer algo distinto, respetar tu sentir, no sacrificarte, no hacer concesiones o tener un comportamiento funcional que no era habitual. Y seguramente será algo que no se te habría ocurrido de antemano. Siempre que tengas la disposición de deshacerte del miedo aparecerá esta nueva respuesta de tranquilidad.
 
Es posible que al principio haya resistencias. Todos tus mecanismos se activarán en contra de esa respuesta. Es posible que la reconozcas y que sin embargo la juzgues o te defiendas de ella. Es posible incluso sentir un profundo rechazo de esa alternativa, tenerle miedo o no quererla porque supondría el final del conflicto que tan familiar nos parece y que tanta seguridad y reafirmación nos ha proporcionado. Supondría salir del área de confort.
 
Se trata simplemente de ver en qué momento te encuentras, si reconoces esa respuesta, si hay resistencias o no. No se trata de hacer por hacer, sino de ser congruente contigo mismo. Tal vez quieras aun esconderte porque no ha llegado tu momento de afrontar tu oscuridad. Y eso está bien. Al no llamarlo de otro modo y no querer ocultarte a ti mismo este hecho, estás dando la posibilidad de que en el momento que suceda ese afrontar, puedas permitirte dar el paso y reconocerlo también.
 
Que solo te relacionas contigo mismo es algo que se puede ir aprendiendo, y más allá de reforzar la idea de soledad, lo que va reafirmando es que ese tú con el que te relacionas es más grande de lo que imaginabas en un principio y lo abarca todo y a todos. Hasta que esto sea una experiencia, y no sólo una frase escrita en un papel, habrá que seguir saliendo de la manta y atreviéndonos a aceptar eso que tanto tememos de nosotros mismos y que el otro viene a manifestar en la relación. Ese ir asumiendo la responsabilidad, en la medida de lo posible en cada momento, es lo que marca la diferencia.
 
María Vázquez Herranz.
Asociación para el Desarrollo de la Paz Interior.
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